Era un día cualquiera, puede que jueves. El joven sabía. Primer capítulo


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1 Primer capítulo Era un día cualquiera, puede que jueves. El joven sabía que en este tipo de viaje la semana no tiene porque empezar el lunes. Estaba amaneciendo, pues eran las seis de la mañana cuando se dispuso a salir de casa de sus padres. Su madre, despierta, no dejaría marchar al muchacho por aquella puerta sin haberse despedido de él una última vez. Su padre, nervioso, sentía tendido desde la cama como se alejaba su primogénito, decidido y valiente; y presentía que más tarde tendría que consolar a una mujer que parecía que se le caía el mundo encima. Los pájaros cantaban a su partida mientras abandonaba la luna a su espalda, aunque era más que un astro lo que dejaba atrás. No se despidió de la rutina de no hacer nada útil en su vida, que, de vez en cuando, le hacía llegar a creer que era un fracasado; tampoco lo hizo de las comodidades que le aportaba -19-

2 su familia, sintiéndose culpable a sus 23 años de edad por no ver el horizonte del cambio para renunciar a ser un mantenido; y, menos aún, de la espiral de negatividad en la que se había sumergido. Pero de todo ello se alejó con el primer paso hacia un viaje del que esperaba regresar algún día sin tales preocupaciones. Desconocía lo que buscaba y, por tanto, lo que encontraría. Ni siquiera entendía las razones de su huida, simplemente, sabía que debía hacerlo. El chico inició la ruta desde Santullán, la pequeña pedanía de Castro Urdiales donde residía, geográficamente situada al norte de España, más en concreto bajo una gran cantera de piedra caliza y a prácticamente dos kilómetros del mar Cantábrico. A esas horas, la ilusión de aventurarse a cumplir uno de sus sueños, viajar por el mundo, le producía tal energía que sus ojos vencían a la modorra sin esfuerzo, abriéndose cada vez más hasta tenerlos como platos. Cualquier día antes, habría estado durmiendo como un bebé hasta pasadas las doce del mediodía. Era la falta de motivación lo que alargaba las horas de sueño. Un acicate que aguardaba en la esperanza de que alguna mañana se pudiese sentir realizado. Prácticamente todo el planeta sufría una época de crisis económica. En España, la tasa de desempleo aumentaba cada día reflejando un panorama desolador, fundamentalmente en los jóvenes menores de 25 años, quienes con un paro mayor de la mitad, muchos habían optado por buscarse la vida en otros países. La Gran Recesión había vuelto a convertir al reino del jamón ibérico en un país de emigrantes, como ya lo fue en los años

3 En las calles, inundadas por la indignación, sólo se hablaba acerca de la mala situación en la que se debía sobrevivir, las pocas esperanzas depositadas en que todo volviera a ser como antes y, por supuesto, sobre los culpables de dicha crisis, quienes se aprovechaban de su posición beneficiándose del mal ajeno. Puede que la fase depresiva de la inestabilidad económica exiliase al muchacho de manera subjetiva. Pero él, no era un emigrante, puesto que no abandonaba su lugar de origen para establecerse en otro, ni tenía como fin encontrar un trabajo en el extranjero. Tampoco se consideraba un turista. No podía tener vacaciones o un periodo de descanso, por la única sencilla razón de que, para que eso ocurriera, debería interrumpir una actividad habitual, un trabajo, y, al no ser contratado por ningún medio tras finalizar sus estudios de periodismo hace más de un año, eso se había convertido en una simple utopía. Su propósito consistía en andar por el mundo únicamente con lo básico para subsistir y, como colofón, regresar a su hogar al de un tiempo del que desconocía su duración. Un viaje sin límite de permanencia, de recorrido, de sentidos; un viaje del que confiaba encontrar aventuras enriquecedoras y del que ya había comenzado a emprender. El primer día caminó hasta Bilbao, ciudad en la que el chico había nacido y crecido durante su infancia y adolescencia, en la que aún mantenía la cuadrilla de amigos de toda la vida, donde conoció a su primer amor, y donde consiguió cumplir otros sueños antes de fantasear con su éxodo personal. Empujado por el entusiasmo del estreno, logró llegar a su ciudad natal tan pronto que hasta tuvo tiempo de almorzar con su padre en un restaurante chino de la villa. -21-

4 Por ninguna razón en especial, sencillamente porque les gustaba, los familiares del chico habían establecido como tradición, celebrar los cumpleños servidos con un buen plato de arroz tres delicias y otro de ternera con salsa Chop Suey. Ese día no celebraban años, pero el adiós indefinido lo consideraron un motivo más que significante como para comer en El Dragón Rojo. Mientras esperaban a los entrantes, una sopa de pollo con champiñones y una ensalada con jamón y alga china, el joven contó excitado su jornada. Por lo que relató, varias personas se habían acercado a él para saludarle, guiarle e, incluso, darle consejos. El primero fue un señor que aseguraba haber recorrido miles y miles de kilómetros, y recomendaba utilizar el limón tanto para el dolor de garganta como para el de los pies, bautizándolo como el fruto milagroso. Sin tanta elocuencia, dos inglesas, peregrinas del Camino de Santiago, interrumpieron al chico porque no entendían qué hacía yendo en dirección contraria, como si todos los mochileros hubiesen decidido hacerlo en un mismo sentido. Y hasta la imaginación de un niño le detuvo, desenvainando una espada elaborada con pocas ramas y mucho ingenio. Alto! le ordenó el pequeño soldado. Pudo continuar su ruta tras respetar la parada. Sigue! Cuando terminaron el postre, una copa de helado de vainilla, el joven también concluyó de compartir sus anécdotas. La mañana que había estado andando contrastaba notoriamente con la semana de aventuras que parecía haber vivido. Después del banquete oriental, la siguiente y última ofrenda de su padre fue un pequeño carrito de dos ruedas en el cual -22-

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6 enganchó su mochila mediante unas cintas elásticas con ganchos metálicos en las puntas. De esta forma, podía arrastrar su equipaje más ligero, a través de un mecanismo basado en las correas de una mochila vieja y un palo de madera. El invento despertó la curiosidad de prácticamente todos los viandantes que se cruzaron a su paso. El chico pudo enfrentarse a esas miradas insistentes recordando una frase que su madre siempre había pronunciado: «La comodidad lo primero». Finalmente, llegó a la casa de uno de sus amigos de Bilbao, donde haría noche. -24-