IGLESIA, FAMILIA, EDUCACIÓN UNA LECTURA SALESIANA DE AMORIS LAETITIA


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1 HOGARES DON BOSCO FORMACIÓN SALESIANA ETAPA III IGLESIA, FAMILIA, EDUCACIÓN UNA LECTURA SALESIANA DE AMORIS LAETITIA Andrea Bozzolo. Profesor de Teología Sistemàtica. JORNADAS DE ESPIRITUALIDAD DE LA FASA 2017

2 *Por la extensión del tema cada grupo lo puede adaptar a sus necesidades. Puede darlo en una, dos o tres reuniones. Iglesia, familia, educación Una lectura salesiana de Amoris Lætitia Andrea Bozzolo. Profesor de Teología Sistemàtica. ORACIÓN: Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, Padre, que eres Amor y Vida, haz que en cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo, "nacido de Mujer", y del Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones porque siempre se renuevan. Haz que tu gracia guíe a los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo. Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor. Haz que el amor, corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias. Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia. Tú, que eres la Vida, la Verdad y El Amor, en la unidad del Hijo y del Espíritu santo. Juan PabloII INTRODUCCIÓN Los cambios que la familia está experimentando en la situación cultural actual reclaman, de formas diversas, la atención de la Iglesia, manifestando retos pastorales y educativos muy complejos y hasta ahora inéditos. Por esta razón, la comunidad eclesial ha desarrollado, a partir del concilio Vaticano II, una amplia reflexión sobre el matrimonio y la familia, reconociendo en este tema un argumento fundamental para su vida y misión. Un signo evidente de esta atención es la celebración de tres sínodos dedicados a esta cuestión: el de 1980, que dio lugar a la exhortación apostólica postsinodal de Juan Pablo II Familiaris Consortio (1981) y los dos recientes sínodos, el extraordinario de 2014 y el ordinario de 2015, cuyas propuestas están a la base de la exhortación apostólica postsinodal Amoris Lætitia (2016). Este interés particular de la Iglesia sobre la realidad de la familia se debe, de una parte, a la constatación de la crisis que esta institución está atravesando en nuestra sociedad, especialmente en el mundo occidental. Como bien sabemos la crisis se manifiesta en la multiplicación de separaciones y divorcios, en la difusión de las cohabitaciones fuera del matrimonio, en la práctica de hábitos afectivos discutibles, en los diversos modos con los cuales la familia no se abre a la vida, en la

3 marginación de los ancianos y, más recientemente, en la proliferación de auténticas ideologías antifamiliares. Así las cosas, podemos pensar que entre la cultura afectiva actual y el mensaje cristiano se haya establecido un muro de incomunicabilidad. Al volver una y otra vez en su reflexión sobre la familia, la Iglesia manifiesta que no se quiere resignar y que no tiene miedo a los cambios de la historia, sino más bien que desea comprenderlos y penetrarlos para poder expresar, en el seno de la cultura afectiva actual, la palabra del Evangelio en un modo renovado y convincente. La segunda razón por la cual la Iglesia dedica tanta atención a la pastoral familiar es la profunda convicción que tiene del protagonismo de la familia en la transmisión de la fe. La decisión de dar al documento post-sinodal un título positivo y alegre, como Amoris Lætitia, subraya la intención de afrontar el tema con una actitud constructiva. Esta posición ayuda a comprender que, aun contando con las dificultades actuales, la familia no es, ante todo, un problema que hay que resolver, sino más bien una energía que podemos activar, una fuente de vida cristiana que puede y debe optimizar todas sus posibilidades. Al mirar positivamente la familia, la Iglesia nos invita a liberarnos del clericalismo que ha podido condicionar los razonamientos pastorales. En efecto, reflexionar sobre la familia no significa que los sacerdotes o los agentes pastorales tienen que resolver la crisis de la familia, sino que el pueblo de Dios, formado por las familias, está llamado a redescubrir la frescura y la hermosura de la alianza conyugal, bajo la luz de la presencia de Jesús Resucitado. La alegría del amor es un don del Resucitado a su Iglesia, un fruto del Espíritu Santo que podemos acoger con alegría y testimoniar con fuerza y energía. Esta alegría es también, como bien sabemos, uno de los recursos fundamentales para llevar a cabo la tarea educativa. Con el aguinaldo de este año, el Rector Mayor ha invitado a toda la Familia Salesiana a sintonizar con la comunidad eclesial en la búsqueda de las formas más apropiadas para el acompañamiento de las familias, contribuyendo con los recursos específicos de nuestro carisma educativo. La reflexión que os propongo trata de ofrecer, como se me ha pedido, una lectura salesiana de la AL. No haré una presentación del documento que, después de casi un año de su publicación, todos podemos conocer, sino que trataré de subrayar algunos aspectos que considero más relevantes para nuestro carisma. Articularé mi reflexión en cuatro momentos dedicados a (1) describir los elementos constitutivos de la familia, (2) proponer algunas claves de lectura de la AL, (3) poner de relieve la intención de fondo del documento y (4) sugerir algunos contextos para hacer una acogida salesiana de las indicaciones del Papa. 1. LA FAMILIA ENTRE NATURALEZA Y CULTURA El Catecismo de la Iglesia Católica presenta la familia en estos términos: Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia. Esta disposición es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella. Se la considerará como la referencia normal en función de la cual deben ser apreciadas las diversas formas de parentesco. (CEC 2202) En el texto del Catecismo podemos descubrir con claridad los elementos constitutivos de la experiencia familiar: la conyugalidad y la procreación. El primer punto implica la diferenciación sexual y la alianza personal. El segundo, la fecundidad y la inserción social. Articulada según los dos ejes del género y de la generación, la familia tiene, sin lugar a dudas, una función arquitectónica para nuestro mundo. En la intersección de estos dos ejes se encuentra, en realidad, el núcleo de toda la antropología.

4 Padres Hombre Mujer Hijos Esto sucede porque la conyugalidad y la procreación están enraizadas en lo más natural del hombre, o sea la conjunción de sexualidad y fecundidad. Pero sucede con modalidades que derivan de la libertad de las personas y de la mediación de la cultura. Por consiguiente, con expresiones variables y versátiles, que cambian según tiempos y lugares, y no logran nunca un nivel que se pueda considerar definitivo. Hay que tomar en serio este aspecto para no hacer sobre la familia discursos genéricos y abstractos, sino más bien tratar de encontrar las claves de lectura más adecuadas según las diversas situaciones culturales. En algunas épocas y culturas el eje vertical de la procreación prevalece sobre el de la conyugalidad; en ese caso, se considera la familia como el lugar de la gestación de los hijos, hasta el punto de ser principalmente orientada a este fin. Esto puede suceder con modalidades más moderadas, pero también con expresiones más acentuadas que pueden provocar graves consecuencias sobre el modo de concebir el rol de la mujer y su vocación a la maternidad. En estos casos, la dimensión comunitaria (la tribu, el clan, los padres, incluso el estado) puede predominar sobre la personal y la búsqueda de la fecundidad puede postergar a un segundo plano la relación conyugal, hasta el punto de justificar la poligamia. Pueden aparecer formas de despreocupación educativa hacia los hijos, o bien la virginidad cristiana será considerada como un comportamiento sin sentido. En otras épocas, por el contrario, el eje horizontal de la alianza conyugal puede preponderar sobre el eje procreativo, y en ese caso se considera la familia como pareja, como experiencia de gratificación afectiva, hasta el punto de condicionar la presencia de los hijos a la intensidad emotiva del hombre y la mujer. También en esta segunda hipótesis aparecen distorsiones antropológicas: la dimensión privada y subjetiva termina imponiéndose sobre la social e institucional, entonces la procreación es una mera eventualidad, y con frecuencia se postergan los nacimientos; se pierde el sentido de la responsabilidad pública inherente a la decisión de construir una relación estable entre hombre y mujer; se puede incluso llegar, como está de hecho sucediendo actualmente en Occidente, a debilitar la diferencia sexual, con la intención de equiparar la familia a las uniones homosexuales. Está claro que la mejor situación se da cuando los dos ejes están bien equilibrados entre ellos y cuando su relación con el conjunto de la sociedad no es ni de subordinación ni de marginación. Es importante reflexionar sobre este aspecto para comprender que la familia no es una realidad estática e inmutable, como si estuviese privada de la historicidad. Como cualquier componente de la experiencia humana, es una realidad cambiante, impregnada de un profundo dinamismo que la lleva a desarrollarse de modo fecundo e irradiante, pero que la expone en tiempos de dificultad y de crisis. Esto vale tanto para cada familia (desde el momento en que dos jóvenes se conocen y forman una pareja hasta que se casan, engendrando a los hijos y más tarde a los nietos) como para el universo familiar en el seno el sistema social, con los cambios de las formas de reconocimiento simbólico y jurídico y de sus roles y normas. Habida cuenta que el carisma salesiano está presente en áreas culturales muy diferentes, es importante tratar de comprender cuáles son las características, las posibilidades y los retos relativos a la experiencia familiar en el contexto concreto en el que nos encontramos.

5 2. CLAVES DE LECTURA DE LA AL: LA FORMA DEL TEXTO Y LA LÓGICA DEL ACOMPAÑAMIENTO La referencia a la complejidad histórica de la experiencia familiar en los diversos contextos nos permite apreciar uno de los rasgos fundamentales de la AL, y que constituye la primera clave de lectura que podemos adoptar para interpretar el documento. Se trata de la opción hecha por Papa Francisco de hablar de la familia mediante una gran historia en lugar de hacerlo como si fuese un enorme tratado. Todos los comentarios publicados sobre la exhortación han puesto de relieve el estilo del texto, en el que llama la atención la gran cercanía a la vida cotidiana. Con ocasión de la presentación oficial del documento, el cardinal Schönborn dijo: Para mí, Amoris Lætitia es, en primer lugar, un acontecimiento lingüístico, como ya lo fue la Evangelii Gaudium. Algo ha cambiado en el discurso eclesial. Este cambio de lenguaje se podía ya percibir durante la celebración del sínodo. Entre las dos sesiones sinodales de octubre de 2014 y de octubre de 2015 hemos podido percibir que el tono se ha enriquecido con matices de aprecio, acogiendo las diversas situaciones de la vida sin juzgarlas o condenarlas inmediatamente. En Amoris Lætitia éste ha sido el tono lingüístico permanente. Detrás de esto no sólo hay una opción lingüística, sino más bien un profundo respeto ante cada hombre que nunca es, en primer lugar, un caso problemático en una categoría, sino una persona inconfundible, con su historia y su experiencia en su camino hacia Dios. En Evangelii Gaudium Papa Francisco decía que debemos quitarnos los zapatos ante el terreno sagrado del otro (EG 36). Esta actitud fundamental atraviesa toda la exhortación. Merece la pena que vayamos a fondo en el análisis del registro lingüístico usado por Papa Francisco para hablar de la familia, porque no es sólo un asunto de forma, sino también de fondo. De hecho Amoris Lætitia habla de la belleza cristiana de la familia, no tanto desde al lado o desde arriba de su consistencia humana, sino sumergiéndose en la trama de sus relaciones. Sobre este particular son ejemplares las páginas de 4º capítulo en las que el Papa comenta el himno a la caridad de 1 Cor 13, poniéndolo en relación con las diversas situaciones ordinarias del amor conyugal y familiar, como también los párrafos en los que describe con admiración la experiencia que vive una mujer en sus meses de embarazo, considerándolo una formidable vivencia espiritual (AL ). Este modo de expresarse pone de manifiesto que la carne del hombre, en la fragilidad de su existencia personal, es el lugar en que nos encontramos con el Misterio de Dios, donde podemos discernir el paso del Espíritu. Se trata de una actitud que evita, con toda intención, los atajos espiritualísticos o moralísticos que llevan a una presentación del matrimonio con fórmulas idealizadas y lenguajes artificiales (AL 35 37). Pero todo esto exige a toda la Iglesia una conversión misionera: es necesario no quedarse en un anuncio meramente teórico y desvinculado de los problemas reales de las personas. La pastoral familiar debe hacer experimentar que el Evangelio de la familia responde a las expectativas más profundas de la persona humana: a su dignidad y a la realización plena en la reciprocidad, en la comunión y en la fecundidad. No se trata solamente de presentar una normativa, sino de proponer valores, respondiendo a la necesidad que se constata hoy, incluso en los países más secularizados. (AL 201) De este modo el Papa brinda una gran lección pastoral: no nos podemos contentar imaginando que sabemos comunicar el Evangelio del matrimonio sólo porque empleamos los más encendidos elogios o nos valemos de las imágenes más hermosas que encontramos en la Escritura. Si están

6 alejadas de la humilde contemplación de la vida cotidiana, esas ricas expresiones se convierten en fórmulas retóricas y símbolos vacíos. La analogía, verdadera pero imperfecta, entre el pacto conyugal y la alianza de Dios con su pueblo, de Cristo con la Iglesia (Ef 5), así como la afirmación de la familia como iglesia doméstica o como imagen de la Trinidad no se han de usar como definiciones listas para consumir. Son, más bien, el punto de llegada de un esmerado trabajo de comprensión de las dinámicas familiares que no podemos saltar alegremente y que se expresa adecuadamente, como el mismo Papa nos enseña, por medio de la narración de la vida. Solamente fermentando en dicha narración, esas imágenes pueden manifestar adecuadamente su profundo significado y constituir una luz para descubrir el misterio que alberga el amor conyugal. A esta opción de estilo lingüístico, que va a lo profundo huyendo de la idealización, corresponde también la opción de estilo pastoral que da la precedencia a los procesos de acompañamiento. No basta incorporar una genérica preocupación por la familia en los grandes proyectos pastorales sino que hace falta acompañar a cada una y a todas las familias para que puedan descubrir la mejor manera de superar las dificultades que se encuentran en su camino (AL 200), sin caer en una lógica de aplicación de esquemas y de normas: el tiempo es superior al espacio, es decir que se trata de generar procesos más que de dominar espacios (AL 261). Aquí encontramos la segunda clave de lectura que quisiera presentar ahora brevemente. Ya en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium Papa Francisco habló ampliamente sobre el acompañamiento: La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. (EG 24) No se trata, en modo alguno, de una renuncia a proponer la verdad evangélica para no herir la sensibilidad actual o para apoyar ideologías mundanas (AL 35). Se trata, más bien, de la actitud propia de Jesús que sabe reconocer que las personas, con sus más duras experiencias, no son meros casos que se pueden encasillar en una normativa universal. Por ello, ante los problemas más difíciles y discutidos, el Papa señala la necesidad de un cambio de método. No lograremos encontrar ciertas respuestas hasta que no hayamos revisado con criterio evangélico nuestro modo de formular la pregunta. La intención de limitarse a aplicar soluciones normativas para cada caso o la tentación del laxismo permisivo que no sabe ver las diferencias e iluminar la responsabilidad, son en efecto la expresión de una visión abstracta del matrimonio, cuya nitidez es tan verdadera como alejada de la realidad. Sin embargo, cuando las formulaciones del pensamiento están impregnadas de contenidos personales y el nivel universal desciende a las situaciones particulares, se hace necesario, según la sabia enseñanza de Santo Tomás, el ejercicio de la sabiduría práctica que lleva el nombre de prudencia ; una sabiduría que no se limita a deducir, sino que se emplea en el arte evangélico de discernir. En este estilo pastoral no tienen cabida los atajos, sean las fugas irreales de un pensamiento que pierde el contacto con la realidad como las simples recetas de una práctica pastoral que pretende resolver los problemas rápidamente, sin aceptar el camino paciente del acompañamiento. 3. LA INTENCIÓN DE FONDO: UNA IGLESIA MÁS FAMILIAR Una vez que hemos identificado las dos claves de lectura, ahora podemos tratar de presentar la que parece que sea la intención de fondo de la AL, que no consiste, como acabamos de decir, en dar una nueva orientación normativa para resolver algunos problemas, sino en indicar el camino en el cual podamos poner en marcha nuevos procesos. Estos procesos se pueden resumir diciendo que sustancialmente deben conducir a presentar un rostro más familiar de la Iglesia. Así lo dice la AL en

7 su número 87: La Iglesia es familia de familias, constantemente enriquecida por la vida de todas las iglesias domésticas. Por lo tanto, «en virtud del sacramento del matrimonio cada familia se convierte, a todos los efectos, en un bien para la Iglesia. En esta perspectiva, ciertamente también será un don valioso, para el hoy de la Iglesia, considerar la reciprocidad entre familia e Iglesia: la Iglesia es un bien para la familia, la familia es un bien para la Iglesia. Custodiar este don sacramental del Señor corresponde no sólo a la familia individualmente sino a toda la comunidad cristiana». Esto quiere decir que, de una parte, la institución eclesial debe estructurarse mayormente con medida de familia, realizando mejor su figura de pueblo de Dios que camina en la historia; y por otra parte, las familias deben descubrir en la comunidad eclesial el espacio vital en el que puedan vivir su propia historia, superando la tentación de esconderse en la esfera de lo privado a la que la empuja nuestra cultura. Se trata pues de un doble movimiento, de la comunidad eclesial hacia la familia y de la familia hacia la comunidad. Ahora trataremos de precisar el significado de cuanto acabamos de decir. En lo relativo al primer movimiento, las instituciones eclesiales han de corregir la tendencia a organizarse como agencia de servicios religiosos, en los que los agentes pastorales, muchos de ellos cualificados y generosos, gastan sus energías. Si la parroquia u otras instituciones eclesiales se convierten en estructuras meticulosas, separadas de la gente, o un grupo de personas encerradas en sí mismas, se podrán prestar servicios eficaces, pero no tendremos ese tejido de comunión, de encuentro, de testimonio, que es signo de la presencia del Señor y de la acción de su Espíritu. Esta reforma de la forma ecclesiæ a la que están llamadas todas nuestras estructuras no vendrá de un despacho ni siquiera como fruto de las decisiones de un pastor o de una comunidad religiosa. Para que esto suceda de modo saludable para las familias, se debe realizar junto con ellas, contando con su sensibilidad, considerando sus exigencias, entrando en sus lenguajes. Nos damos cuenta de que poner la familia en el centro de la atención de la Iglesia es una operación más compleja y comprometedora que limitarse a buscar soluciones para los casos de conciencia más difíciles o para las situaciones más delicadas. La nueva modalidad de relación de la Iglesia con las familias constituye la condición para poder leer con mayor profundidad las dificultades y problemas que pesan sobre ellas y para encontrar, con paciente y serio discernimiento, las formas evangélicas y los estilos espirituales de acompañamiento. El proceso al que el Papa invita pasa por la necesidad de recuperar un cristianismo doméstico, que se enraíce en nuestras casas dando forma a los vínculos que se viven en ellas. La insistencia de Papa Francisco sobre la alianza entre generaciones, sobre el tesoro que los abuelos pueden transmitir a los nietos, sobre la atención hacia los más débiles y frágiles apunta justamente en este sentido. Él nos dice: La sabiduría de los afectos que no se compran y no se venden es la mejor dote del genio familiar. Precisamente en la familia aprendemos a crecer en ese clima de sabiduría de los afectos. Su «gramática» se aprende allí, de otra manera es muy difícil aprenderla. Y es precisamente este el lenguaje a través del cual Dios se hace comprender por todos (Catequesis del 2 de septiembre de 2015). O bien la fe toma de nuevo cuerpo en nuestra red de relaciones que tiene su vínculo principal en el pacto nupcial entre hombre y mujer, o bien se expresará sólo como una idea, una inspiración, un mensaje, pero no como la aceptación de la vida divina que se da circulando entre nosotros. Por eso la Iglesia no puede llevar a cabo la propia misión si no es implicando a las familias; aún más si no asume ella misma los rasgos de la comunión familiar. El segundo movimiento, en profunda relación con el primero, subraya la exigencia de que la comunidad eclesial invite de modo más valiente y atrayente a las familias a salir del aislamiento hacia el que las empuja la cultura individualista en la que estamos inmersos, ayudándoles a abrirse a la experiencia de compartir, de la acogida, de la comunidad. En efecto, una familia aislada es una familia debilitada. En la sociedad occidental, la familia está

8 siendo cada vez más marginada. No se la reconoce como fundamento del que nace la sociedad, sino que se la considera como un subsistema afectivo en el que cada quién vive su vida privada. De este modo la familia es privada de su tarea de iniciar a la lectura de la realidad, de realizar le proceso tradicional ligado a la cultura y a la fe. Si en la sociedad tradicional la iniciación estaba asegurada por la escucha de la experiencia de los padres, en la actualidad ese rol lo llevan a cabo mayormente las formas de comunicación mediática, de frente a las cuales la familia se encuentra desplazada y debilitada. La sociedad posmoderna está organizada buscando la mayor autonomía individual en el acceso a las informaciones y a las decisiones. Un estilo individualista de vida aparece más exitoso en el ámbito del trabajo y de la economía. Si las familias terminan cediendo a esta marginación hacia la esfera privada, a pensar solo hacia ellas mismas, a soñar sólo en la felicidad romántica de una pareja instalada en el bienestar, han perdido la batalla desde el inicio. Sin embargo su vocación es la de introducir la fraternidad en el mundo (AL 194). Necesita ayuda en la tarea de construir comunidad, en la interacción con las otras familias, en la apertura hacia los sufrimientos y necesidades de los demás, en la promoción de formas concretas de apoyo y de testimonio en los diversos contextos de la vida social. El amor que circula en el seno de la familia debe ser puesto al servicio de terceros, y sólo así podrá conservar su frescura y su verdad. La transición para que la institución eclesial pase de ser agencia de servicio a ser comunidad se puede realizar al mismo tiempo que el de la familia que ha de pasar de ser pareja privada a estar más en comunión con las otras familias. Cuando la AL en su número 87 afirma que la Iglesia es un bien para la familia (y) la familia es un bien para la Iglesia, no se trata de un juego de palabras, sino que recoge en síntesis el núcleo de este doble movimiento. Saber comprenderlo y sobre todo- traducirlo en opciones pastorales claras es el trabajo que nos corresponde llevar a cabo. Las consecuencias no faltan y son decisivas. Pensemos, por ejemplo, en el significado de la relación Iglesia-familia en los itinerarios de preparación al matrimonio, que aún siguen siendo vistos como la oferta que una agencia religiosa propone a las parejas que, fundamentalmente, viven de forma bastante privada el camino que las lleva al matrimonio. Para que la comunidad cristiana sea en realidad la matriz que engendra las familias que nacen del sacramento del matrimonio, y no solamente el lugar en el que se asiste a un curso de preparación, hace falta una conversión pastoral que comporta mucha reflexión, creatividad y generosidad en el compromiso. 4. EL ACOMPAÑAMIENTO DE LAS FAMILIAS CON ESTILO SALESIANO Las propuestas pastorales del Papa acerca del acompañamiento de las familias están, sin lugar a dudas, muy en sintonía con nuestra sensibilidad pedagógica salesiana, que nos lleva a encontrarnos con las personas en el punto en que se encuentra su libertad, para ayudarlas a caminar a la luz del Evangelio. La lógica de los procesos eclesiales de los que habla el Papa es, en último extremo, una lógica educativa. Por otra parte, la cuestión educativa ha sido explícitamente afrontada por la AL, especialmente en el 7º capítulo, titulado Fortalecer la educación de los hijos, que no considero necesario comentar en este momento. Me parece más útil poner de relieve algunos elementos que nos permitan poner en práctica las indicaciones de la AL en el seno de la Familia Salesiana La comunidad educativo-pastoral como espacio y sujeto El primer elemento no puede ser otro que el de asumir con convicción en nuestros ambientes la figura de Iglesia familiar que el Papa nos propone. La Familia Salesiana debe ser un espacio en el que las instituciones eclesiales se dispongan a salir para acompañar al pueblo de Dios, en el que las familias encuentren centros de relación, de encuentro, de comunión de fe y de oración, de construcción de redes educativas, de propuestas de evangelización.

9 Creo que para nosotros, miembros de la Familia Salesiana, trabajar al servicio de la familia según las modalidades típicas de nuestro carisma significa, ante todo, facilitar en nuestros ambientes el doble movimiento del que hemos hablado antes. La naturaleza educativa de nuestro carisma constituye, de modo natural, un espacio idóneo para este doble movimiento. Tantas familias se nos acercan para confiarnos sus hijos, sus historias, sus problemas. Sin embargo, esto no asegura la realización de una dinámica de auténtico encuentro y compromiso. También nosotros podemos caer en el error de prestar servicios sin encontrarnos con las personas, de ofrecer espacios sin promover una verdadera comunión, de elaborar proyectos para los demás per non junto a ellos. Hace falta por tanto que en nuestras obras existan realmente comunidades fraternas de discípulos y testigos que, en la diversidad de estados de vida, se encuentran para testimoniar la presencia del Señor a favor de los jóvenes. Ésta es la visión eclesiológica más correcta de la CEP (comunidad educativo-pastoral) como modalidad de actuación del pueblo de Dios que se reúne en torno a una propuesta carismática, y no simplemente como una organización que quiere optimizar sus servicios. La CEP debería ser el espacio en el cual podamos pensar nuestro servicio a la familia y los miembros de la Familia Salesiana deberían ser la fuerza de arrastre para edificarla como un cuerpo vivo, facilitando la incorporación en esta dinámica de comunión a todas las familias que entran en contacto con nosotros. Así proponemos un lugar en el que damos rostro a una Iglesia que lleva adelante su misión. Una CEP en la que se respire el clima evangélico de la alegría y la comunión para la acción no nace de un trabajo de despacho. Es, más bien, el resultado de aquellas energías que se dejan interpelar por la fuerza del carisma, es decir, por la potencia del Espíritu Santo que actualiza entre nosotros el estilo de santidad de Don Bosco. Esto es lo que tantas familias esperan de nosotros, ofreciendo lugares y personas dispuestas a acompañar. En este sentido, la CEP se convierte en el espacio y la modalidad de nuestro acompañamiento de las familias. Iglesia Familia CEP Familia Iglesia La subjetividad pastoral de la familia, presentada ya por el Concilio y confirmada con contundencia por la AL, ha de ser asumida especialmente por aquellos laicos que, en la Iglesia, forman parte de movimientos y asociaciones, como lo son, por razones variadas, los miembros de la FS. Hay ya, sobre este particular, experiencias interesantes que van desde el nivel más elemental y popular de familias amigas de Don Bosco, que se reúnen atraídas por su carisma para apoyarse mutuamente en la fe, hasta otras que se comprometen concretamente en la pastoral familiar de las iglesias locales. Implicar a las familias que están ya incorporadas a la FS para construir redes familiares en nuestras instituciones es uno de los retos que tenemos por delante y una de las posibilidades pastorales más prometedoras. Desde este punto de vista nos podemos interrogar sobre la contribución que la experiencia de los laicos casados ofrece al desarrollo y a la comprensión del Sistema Preventivo. Un padre o una madre tienen una sensibilidad especial en relación con la educación, que puede enriquecer la de los consagrados. Es importante evitar la igualación de servicios y carismas. Podemos correr ese riesgo cuando prevalece una visión de la CEP considerada como una empresa en la que se da la prioridad a los roles, antes que compartir la fe y la misión. Por eso el nuevo horizonte eclesiológico del Vaticano II favorece una experiencia enriquecedora de reciprocidad entre matrimonio y virginidad, entre familia y comunidad religiosa, en el seno de la CEP Una renovada cultura afectiva y familiar La crisis de la familia provoca, a veces, en nuestras comunidades una actitud de queja y resignación. Podemos escuchar de la boca de algunos agentes pastorales (catequistas, educadores,

10 profesores, etc.) las quejas de aquellas familias que no ayudan en la tarea educativa, que no colaboran en la transmisión de la fe, etc. Peor todavía cuando se piensa que nada puede cambiar, y por consiguiente se permanece pasivo ante esta situación. Es una actitud psicológica y espiritual muy nociva y hay que reaccionar con determinación frente a ella. Para corregirla necesitamos un planteamiento formativo que nos ayude a explorar las razones que engendran esta crisis, los motivos que amenazan con presentar el mensaje cristiano como un cuerpo extraño a la cultura afectiva de nuestro tiempo. Todos hemos conocido jóvenes y adultos que ni siquiera dan valor a algunos aspectos que nosotros consideramos importantes para una vida afectiva equilibrada. Pareciera que su modo de mirar el cuerpo, la sexualidad, la vida de pareja, el matrimonio no tenga casi nada en común con el lenguaje que frecuentemente escuchamos en la predicación cristiana. Dicho de otro modo, su cultura, o sea el conjunto de representaciones simbólicas con las que miran la vida, puede resultar, en estos puntos de la vida afectiva, impermeable al lenguaje cristiano. Esto se debe al hecho de que la cultura afectiva predominante en la actualidad lleva consigo, además de aspectos indudablemente positivos, peligrosas distorsiones y graves ambigüedades. La dificultad se presenta cuando el Evangelio nos pide una conversión que es motivo de escándalo y a la que el corazón tiende a oponerse. Además debemos reconocer otra dificultad añadida porque el lenguaje con el que se expresa el anuncio cristiano se ha elaborado con categorías y modelos de otro horizonte cultural que ya pasó o que ha cambiado sustancialmente. Pensemos en el fenómeno de las convivencias prematrimoniales que en tantos contextos de Occidente se consideran el modo normal para desembocar en la construcción de una familia. Es necesario poder decir a los jóvenes que este modo de construir las relaciones no es moralmente bueno, pero evidentemente no es suficiente. También es necesario estar cerca de los jóvenes con simpatía y cultivando relaciones amistosas, pero tampoco es suficiente. Para llevar a cabo un verdadero acompañamiento hace falta conocer desde dentro la cultura juvenil sobre el cuerpo, sobre los afectos, sobre la sexualidad, y poner en marcha procesos pedagógicos de anuncio que permitan descubrir a la conciencia personal la belleza y el encanto del Evangelio. Las dificultades de la familia de hoy son una manifestación de aquella disociación entre fe y cultura de la que ya habló Pablo VI. El camino de reflexión que la Iglesia ha recorrido desde el Concilio hasta nuestros días pone de relieve que no quiere reaccionar a la crisis con denuncias y quejas, sino más bien con un talante de cercanía generosa y de profundidad en su reflexión. A nosotros nos corresponde también hacer ese mismo camino, con determinación en todos los contextos. Don Bosco supo comprender desde dentro el mundo de los jóvenes estando con ellos y proponiendo la experiencia de fe en un modo adecuado para ellos, por medio de procesos que valorizaban sus exigencias positivas y daban recursos para prevenir sus dificultades. Nosotros no podemos hacer frente a los retos afectivos de nuestro tiempo sin la misma valentía y creatividad Algunos ámbitos que hemos de privilegiar Nuestra contribución a la vida de las familias ha de privilegiar algunos ámbitos típicos de nuestro carisma, en particular los de la educación y de la pastoral juvenil. De ellos señalamos ahora algunos en los que es más evidente la relación con las dinámicas de la vida familiar y más urgente el compromiso de la FS. (A) Educación sexual y afectiva de los jóvenes. Papa Francisco, dirigiéndose a los Salesianos y a las Hijas de María Auxiliadora con ocasión de la visita pastoral a Turín, recomendó especialmente este punto, considerándolo particularmente vinculado con nuestro carisma. Todos sabemos lo urgente que es trabajar en esta cuestión tan difícil y delicada. La AL le dedica algunos párrafos significativos (280

11 286) que hemos de leer con especial atención. Entre otras cosas dice: El Concilio Vaticano II planteaba la necesidad de «una positiva y prudente educación sexual» que llegue a los niños y adolescentes «conforme avanza su edad» y «teniendo en cuenta el progreso de la psicología, la pedagogía y la didáctica». Deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones educativas han asumido este desafío (AL 280). La educación afectiva comporta, ante todo, el testimonio de vida y una actitud sapiencial, sin reducirla a la instrucción propia de este ámbito ni a la actuación limitada en un proyecto concreto. Tampoco puede contentarse con la improvisación o limitarse a algunos buenos consejos en situaciones particulares. Los cambios socioculturales de estos últimos años reclaman mucho más. Incluso es más compleja la misma aceptación de la propia identidad sexual en una cultura que tiende a presentarla como la consecuencia de una decisión arbitraria. Además los programas de educación sexual que se difunden en las escuelas suscitan dudas sobre su orientación antropológica y ética. Por todas estas razones parece claro que, por parte nuestra, hemos de plantearnos un serio compromiso cultural en este ámbito tan delicado para sacar partido de los recursos pedagógicos y teológicos de que disponemos, elaborando propuestas bien pensadas que podemos llevar a cabo al menos dentro de nuestras instituciones. (B) Acompañamiento de jóvenes en preparación al matrimonio. Se trata de un servicio que se debe adaptar en función de los contextos culturales. En Occidente el momento de la celebración del matrimonio ya no es en realidad en la edad juvenil. Muchos de los que participan en los cursos prematrimoniales han superado ya los treinta años, y en muchos casos conviven maritalmente desde hace tiempo, con uno o más hijos. En otras sociedades, por el contrario, se accede al matrimonio con una edad más temprana, aunque surgen otros problemas pastorales ligados a la libertad en la elección del cónyuge, a la relevancia social de la fecundidad, al valor del matrimonio tradicional, y otros más que reclaman una cuidada atención. Un compromiso especial merece la educación de la noción cristiana de paternidad y maternidad, reaccionando a las múltiples distorsiones culturales que acentúan la genitalidad. Sabemos, por ejemplo, que en nuestro mundo occidental se da una fuerte presión ideológica para que la maternidad se considere como un límite para la mujer, así como una obstinada contestación de la figura del padre, despojada de sus rasgos simbólicos. Estos temas no deben estar ausente en un planteamiento cualificado de pastoral juvenil, estando siempre atentos a los retos que la cultura juvenil nos presenta. (C) La acción pastoral de las familias que entran en contacto con nuestras obras. Algunas familias solicitan nuestro servicio educativo, motivadas por una sincera adhesión al proyecto educativo cristiano y salesiano. Sin embargo para otras el contacto con nuestras obras constituye la única forma de relación con la comunidad eclesial. En este segundo caso nuestra propuesta educativa se convierte en una oferta que puede lograr que la vida de la familia se vea iluminada por la luz del Evangelio, y mientras acompañamos a los hijos en su crecimiento también acompañamos de hecho a sus familias, entrando en relación con sus riquezas, sus cansancios y sus dramas. Hemos de reflexionar sobre el modo como por medio del servicio educativo podemos contribuir a la evangelización de la familia, activando los procesos de inclusión y de acompañamiento sobre los que frecuentemente habla el Papa. Ayudar a las familias a salir del aislamiento al que quiere relegarlas la cultura actual, construyendo redes familiares, es uno de los servicios más interesantes que nuestras obras puedan ofrecer en el compromiso de una pastoral renovada.

12 (D) Plantear la pastoral juvenil en términos generativos. El redescubrimiento de la función capital de la familia en la transmisión de la fe, que no se asume solamente por convicción, sino también por medio de lazos, de pertenencia, de identificación con un horizonte simbólico, de enraizamiento en una experiencia que nos precede, empuja a la pastoral juvenil a pensar en la función de la comunidad eclesial en términos de generación. Si la modernidad nos ha orientado a considerar la educación en términos de desarrollo (de la autonomía) de los individuos, la perspectiva familiar nos recuerda que la educación es prolongación del acto generativo, testimonio ofrecido por medio del valor de los vínculos, ejercicio sabio de la paternidad y maternidad espirituales, inserción en una experiencia de conjunto y no sólo en sus significados parciales y penúltimos. Una revisión de estos temas nos ayudará a estar más cerca de la experiencia concreta de las familias y también de los rasgos más típicos del carisma de Don Bosco, que son los que queremos compartir como Familia Salesiana. Andrea Bozzolo JEFASA, enero 2017 PARA PENSAR Y DIALOGAR El texto es tan rico y sugerente que basta caer en la cuenta en lo que nos ha llamado la atención, recordar ejemplos propios y llegar a compromisos que nos ayuden a vivir el verdadero amor cristiano. Terminamos rezando todos un Padrenuestro.

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