Verbum Domini 11 al 17 de junio de 2017


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1 Verbum Domini 11 al 17 de junio de 2017

2 de juniodomingo Trinidad 11Santísima Solemnidad 1ª lectura: Ex 34, 4b Perdona nuestras culpas y pecados Salmo: Dan 3, A ti gloria y alabanza por los siglos! Evangelio 2ª lectura: 2 Cor 13, El Dios del amor y de la paz estará con vosotros Jn 3, Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Meditación Nicodemo, un fariseo, jefe judío, había acudido a Jesús durante la noche para hablar con Él. A diferencia de otros fariseos, éste no pretendía ponerle en evidencia con sus preguntas, ni someterlo a ningún tipo de prueba, ni encontrar ocasión para acusarlo. El encuentro entre el Señor y Nicodemo es, más bien, un encuentro orante en el que la fe del fariseo, imperfecta y llena de debilidades y sombras, quiere acercarse a la Verdad por el camino del diálogo íntimo con el Maestro. En él, todo el pueblo del Antiguo Testamento, que profesa la fe en un único Dios verdadero, se acerca con docilidad a la luz de Cristo, plenitud de la revelación, para ser introducidos en el conocimiento del Amor divino. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito». Aunque veladamente, el Señor manifiesta a Nicodemo el misterio de la Santísima Trinidad. Es de suponer que, ante aquel fariseo, buen

3 conocedor de la Ley y de las Escrituras, Jesús podría haberse servido de innumerables argumentos teológicos que le acercaran a la verdad del misterio trinitario. Su diálogo bien pudiera haberse parecido a una conversación entre dos grandes maestros que emplean magníficamente los instrumentos de su razón, fundamentando sus afirmaciones en las Sagradas Escrituras, para desentrañar las realidades más complejas. Y, sin embargo, Jesús conduce a Nicodemo hacia la Verdad por la vía del Amor. Es el camino de los sencillos, la puerta por la que los humildes acceden a tan sublime misterio: «tanto amó Dios al mundo». De este modo, lo limitado de la razón humana queda en evidencia ante una Verdad que escapa a sus capacidades; la inteligencia se arrodilla, mientras la humildad se abre paso para guiarnos al conocimiento de la intimidad de Dios. En definitiva, Jesús no pretende, sin más, revelar una doctrina importante que se desconocía hasta entonces, o comunicar un secreto escondido desde siglos y accesible sólo para los más dotados intelectualmente, sino que ha venido para hacernos partícipes de esa Verdad que revela, comunicándonos su vida divina y envolviéndonos en la inmensidad de un Amor que desborda nuestra naturaleza humana. «Que tengan vida eterna». «Para que todo el que cree en él no perezca». Por ello, Dios no se acerca como juez implacable para condenar con severidad al mundo por su pecado -«no envió su Hijo al mundo para juzgar al mundo»-, sino que por Amor entrega a su Hijo, quien se ofrece por cada hombre para rescatarlo de las tinieblas del error y conducirlo a la salvación -«para que el mundo se salve por Él»-, elevándolo en el Espíritu para introducirlo en su amistad. En la Cruz, cuando sea «elevado el Hijo del hombre», ese inefable misterio del Amor es admirablemente manifestado al mundo, de modo que «el que cree en Él no será juzgado». Hazme crecer en la fe y la humildad para que te conozca y te ame. El Padre, por redimir al siervo, no perdona al Hijo; el Hijo por Él se entrega a la muerte gustosísimamente; uno y otro envían al Espíritu Santo; y el mismo Espíritu Santo pide por nosotros con gemidos inefables. San Bernardo

4 de juniolunes 12Lunes. Semana X del T. O. 1ª lectura: 2Cor 1, 1-7. Abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo Evangelio Salmo: Sal 33. Gustad y ved qué bueno es el Señor Mt 5, 1-12 En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros». Meditación «Subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos» Jesús sube al monte para promulgar desde lo alto, como Moisés en el Sinaí, y sentado como en una cátedra, la ley nueva que señala la meta de eternidad inscrita desde el principio en el corazón de cada hombre: «Bienaventurados». Quién no quiere ser dichoso? Quién no busca,

5 con cada obra y cada gesto, saciar sus ansias de felicidad? Y quién no experimenta la frustración de que ese anhelo no parece ser nunca ser satisfecho? El deseo de plenitud, de felicidad completa y de eternidad grabado a fuego en la condición humana y que, sin embargo, choca de frente con la certeza de la propia limitación, encuentra su camino de realización en un programa de vida que tiene como medida al mismo Cristo. En efecto, Él es a la vez quien enseña y la medida de aquello que se enseña. «Abriendo su boca, les enseñaba». Es Él, la Palabra hecha carne, quien abre su boca para descubrirnos el proyecto de Dios para cada uno de nosotros, realizado en el mismo Jesús y que tendrá su plena manifestación en el misterio pascual. «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». En definitiva, el itinerario de las bienaventuranzas va configurando al hombre con Cristo y lo va elevando a la felicidad plena que ansía su corazón. Vivir las bienaventuranzas es vivir como Jesús, ser trasnformados en Él, y vivir como Jesús es vivir plenamente felices. Es la única y perfecta felicidad! Si en el Sinaí, el rostro de Moisés se volvió resplandeciente al recibir de Dios las tablas de la ley, con las bienaventuranzas es cada hombre quien de algún modo se transfigura mostrando ante el mundo la grandeza de Dios y pregustando ya en la tierra las alegrías del Cielo. «De ellos es el reino de los cielos». No obstante, el programa de las bienaventuranzas parece escapar de la lógica humana. Entrando por el pórtico de la la pobreza de espíritu, el Señor va trazando un camino que parece hacerse demasiado exigente y demasiado alejado de lo que los hombres consideran felicidad: «los pobres de espíritu,...los mansos,...los que lloran,...los que tienen hambre y sed de la justicia,...los misericordiosos,...los limpios de corazón,...los que trabajan por la paz,...los perseguidos». Por eso, el sermón de la montaña nos hace mirar a otro monte, el Calvario, desde donde estas bienaventuranzas quedan iluminadas y se hacen comprensibles a la luz de la cruz y la resurrección. Déjame seguirte por el camino de las bienaventuranzas, Señor. Déjame imitarte para gozar de la felicidad eterna que me prometes. Las Bienaventuranzas son la transposición de la cruz y la resurrección a la existencia del discípulo. Benedicto XVI

6 de juniomartes Antonio de Padua 13San Memoria obligatoria 1ª lectura: 2Cor 1, Es Dios quien nos confirma en Cristo Salmo: Sal 118. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo Evangelio Mt 5, En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». Meditación «Brille así vuestra luz ante los hombres». Los discípulos habían escuchado con extrañeza cómo Jesús, sentado en lo alto del monte como un nuevo Moisés, dibujaba ante ellos el itinerario por el que estaban llamados a seguirle. Un camino que, no obstante, no resultaba nada atrayente desde una perspectiva mundana, al estar jalonado de todas aquellas cosas que el mundo repudia -«los pobres de espíritu, los que lloran, los perseguidos, los misericordiosos...»-, y que, sin embargo, prometía una felicidad plena y verdadera -«Bienaventurados»-. Ahora, además, el Señor les descubre que seguire e imitarle por la senda de las bienaventuranzas tiene apasionantes consencuencias, pues ese ambicioso programa de vida lleva aparejada una importante

7 misión que apunta a la eternidad. «Para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos». Jesús se sirve para ello de dos imágenes tomadas de la vida cotidiana: «Vosotros sois la sal de la tierra...; vosotros sois la luz del mundo». Ser sal y ser luz: esa es la tarea que el Señor encomienda a quienes le buscan de todo corazón. La sal es un elemento tan sencillo y ordinario como imprescindible, pues ha de estar presente en los alimentos para conservarlos, presevarlos de la corrupción, y potenciar su sabor. Por su parte la luz, primera obra de la Creación y reflejo de la gloria de Dios, ha de estar en el mundo para disipar la oscuridad y hacer posible la vida. Así, la misión de los discípulos (y con ellos, también de cada uno de nosotros) es también imprescindible e ineludible, pues el mundo ha perdido el sabor de Dios que debería darle su verdadero gusto, y se ha extraviado al preferir la tiniebla y sumergirse en la oscuridad. «Si la sal se vuelve sosa, con qué la salaran?». Pero una vocación tan sublime no está exenta de tentaciones. Quizá para los discípulos, y también para nosotros, resultara más cómodo vivir escondidos, dejando que sean otros quienes se desgasten para dar sabor, y profesando la fe desde el anonimato. Sin embargo, no dice Jesús que haya otra sal y que ellos puedan reservarse; ellos (nosotros) son la sal, la única sal, la verdadera sal, y si se pierden o se esconden, si no dan al mundo el sabor de la caridad, el mundo sabrá a podredumbre. «Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín». Asimismo, los discípulos (nosotros) han sido puestos para alumnbrar con la luz de la fe y que no haya oscuridad. Una luz de la fe que será más resplandeciente cuanto más esté sostenida desde la humildad. Pues no es su propia luz la que reflejan, sino la de Cristo, como tampoco han de iluminarse a ellos mismos, sino a los demás. «Para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa». No permitas, Señor, que refleje otra luz que no sea la tuya, ni que dé un sabor distinto al de tu caridad. El Señor llamó a sus discípulos sal de la tierra, porque habían de condimentar con la sabiduría del cielo los corazones de los hombres, insípidos por obra del diablo. San Cromacio de Aquileya

8 de juniomiércoles 14Miércoles. Semana X del T. O. 1ª lectura: 2Cor 3, Nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva Evangelio Salmo: Sal 98. Santo eres, Señor, nuestro Dios Mt 5, En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos». Meditación «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas». Jesús continúa su discurso desde lo alto del monte. Sus palabras, cada una de ellas, llegaban al corazón de los discípulos como un gozoso torrente que les inundaba. Es cierto que se veían sobrepasados por la exigencia de lo que el Señor les pedía -«Bienaventurados los...; Vosotros sois la sal de la tierra...; Vosotros sois la luz del mundo...», pero no es menos cierto que aquel modo de hablar resonaba de un modo nuevo en ellos y les colmaba de renovadas esperanzas. No obstante todo esto, puede que a algunos les asaltara la tentación de pensar que aquel solemne discurso ponía fin a la antigua Ley y daba lugar a un modo de vida distinto. Tal vez llegaran incluso a pensar que el revolucionario programa de las Bienaventuranzas suprimiría todo precepto objetivo, convirtiendo la vivencia de la fe en algo abstracto, relativo,

9 alejado de las obras concretas y basado en la subjetividad. El problema residía en que, para los judíos, la Ley había llegado a convertirse en lo absoluto; tanto es así que, de algún modo, podríamos decir que había relegado incluso a Dios a un segundo plano. Lejos de ser la expresión más alta del amor a Dios, los preceptos de la antigua Ley eran para muchos un arma arrojadiza de su soberbia y la excusa para vivir instalados en la acusación. Lo importante era cumplir, ser fieles a los preceptos. No importaba tanto si los mandamientos eran estos u otros distintos, pues el cumplimiento de la Ley no era ya para muchos respuesta a Dios, sino consuelo del propio orgullo y enaltecimiento de su autosuficiencia. «No he venido a abolir, sino a dar plenitud». Disipando todas sus dudas y fortaleciéndoles frente a las tentaciones, Jesús se presenta ante ellos como la plenitud de la revelación. Si en la transfiguración en el monte Tabor, serán Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, quienes señalen a Cristo como el Hijo de Dios, el esperado de las naciones, ahora, en el monte de las Bienaventuranzas, es Él mismo quien se manifiesta ante sus discípulos como la perfección de la Ley y el anunciado por los Profetas. «En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley». «Quien los cumpla y enseñe sera grande en el reino de los cielos». La palabras del Señor ponen de manifiesto que la comunión con Dios que se sigue de las Bienaventuranzas no supone una derogación de los antiguos preceptos; más bien, al contrario, el camino de los mandamientos abre a los hombres, ya en la tierra, a la participación de la vida divina que tendremos en plenitud en el Cielo. Además, sometiéndose a la Ley en obediencia, Jesús nos recuerda que ésta encuentra su único fundamento en el Amor, que es quien ordena y da sentido a los mandamientos, y, por tanto, no puede ser cambiante ni amoldarse al pecado de los hombres. Así, cada «letra o tilde» ha de ser releída a la luz del Amor manifestado en Cristo, y no desde el cumplimiento vacío o la imposición de unos pocos. Señor Jesús, enséñame a amarte más cumpliendo los mandamientos. Un mandato, por suave que sea, se convierte en duro cuando lo impone un corazón tirano y cruel, pero se hace fácil cuando es el amor quien lo ordena. San Francisco de Sales

10 de juniojueves María M. del Stmo. Sacramento 15Sta. Memoria libre 1ª lectura: 2Cor 3, 15-4; Donde está el Espíritu del Señor, hay libertad Evangelio Salmo: Sal 84. La gloria del Señor habitará en nuestra tierra Mt 5, En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: «No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano «imbécil, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama necio, merece la condena de la gehenna del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo». Meditación «Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos». El discurso del Señor a sus discípulos en la montaña estaba trastocando por completo sus planes, poniendo en entredicho algunos de los principios sobre los que habían fundamentado su pobre fe y disponiendo sus miradas

11 y sus corazones para las metas más altas. El programa de vida de las Bienaventuranzas, el mandato de ser sal y luz, la manifestación de plenitud de la Ley... cada palabra salida de los labios del Maestro establecía para ellos unos nuevos y sólidos cimientos sobre los que asentar su seguimiento y su plena y generosa entrega a Dios. «Habéis oído que se dijo a los antiguos...».ya no podían tomar como modelo de justicia el estricto y riguroso cumplimiento de los escribas y fariseos, pues éste, aunque revestido de perfección en lo externo, se revelaba insuficiente para entrar en el reino de los cielos, por imponerse desde la implacable frialdad de unos preceptos que no transforman el corazón. Ahora la perspectiva es distinta. «Pero yo os digo...». Teniendo a Cristo como medida, ya toda justicia ha de hundir sus raíces en el amor misericordioso de Dios: un Amor que desborda la medida de los escribas y fariseos para adentrarse en el nuevo horizonte de la gracia; un Amor que se manifiesta en la caridad y que revela su poder en el perdón. «Si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti...». De ahí que no haya verdadera ofrenda si ésta no brota de la misericordia, pues el amor a Dios y el amor al prójimo van íntimamente unidos. En efecto, acaso podría el mismo corazón, dispuesto para el amor, ofrecerse a Dios sin fisuras mientras alberga rencor o pecado contra el hermano? Es posible para ese corazón amar y odiar a la vez y no romperse por la mitad? Y si la ofrenda al Señor ha de ser la entrega total de la propia vida, ya que el Señor no quiere que le demos cosas, sino que nos demos nosotros mismos, cómo se le puede ofrecer un corazón roto y una vida manchada por las discordias y embadurnada en el fango del pecado? «Vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda». Señor, concédeme la humildad necesaria para pedir perdón y hazme valiente para perdonar siempre. Que la caridad que manifiestan mis obras sea mi pobre ofrenda agradable a tus ojos. Si tu corazón es recto, toda criatura será como un espejo de vida y un libro lleno de santas instrucciones. No existe criatura tan insignificante y tan deleznable que no refleje de alguna manera la bondad de Dios. Tomás de Kempis

12 de junioviernes 16Viernes. Semana X del T. O. 1ª lectura: 2Cor 4, Llevamos el tesoro en vasijas de barro Salmo: Sal 115. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza Evangelio Mt 5, En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna. Se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer no hablo de unión ilegítima la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio». Meditación «Habéis oído que se dijo..., pero yo os digo...». Jesús, como legislador perfecto, va desgranando ante sus discípulos las aplicaciones concretas de esa nueva ley del Amor promulgada con el discurso de las Bienaventuranzas. Dicha ley, llevada a la plenitud en Cristo, ha de iluminar todas las realidades con la luz de la fe e impregnarlas del sublime sabor de Dios, pues conduce a los hombres a la participación de la vida del Cielo. «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón». Así ocurre con el amor

13 esponsal. El pecado no puede ser solo el incumplimiento externo de una norma que se aplica de modo implacable: «No cometerás adulterio». También puede pecar «en su corazón» aquel que consiente interiormente en los deseos, aunque estos no lleguen a realizarse externamente. Y es que si el amor abarca a la persona en su plenitud, los sentidos, los actos, los deseos, y los pensamientos han de ser manifestación de ese amor. En definitiva, no se puede amar sólo con lo visible de los actos mientras se da rienda suelta al pecado en lo escondido del corazón. «Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo...; si tu mano derecha de induce a pecar, córtatela y tírala...». Se hace necesario, por ello, extirpar aquello que puede ser en nosotros raíz de pecado y ocasión de tropiezo. No es que el Señor nos esté pidiendo sacarnos los ojos o arrancarnos un brazo para no actuar desordenadamente. Lo que demanda de nosotros el Señor es rechazar con rotundidad todo aquello que pueda ponernos ante el precipicio del pecado -«tu ojo derecho..., tu mano derecha»-, aunque esto tenga que suponer mortificación y renuncia dolorosa. «Porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna». El Señor revela de este modo que el amor de los esposos está llamado a ser en el mundo manifestación visible, aunque imperfecta, del amor de Dios por cada uno de nosotros. Un amor indisoluble, fiel, fecundo, que está dispuesto a dar más de lo que recibe y que no puede ser entendido como un mero contrato que satisface los intereses de dos personas. «Si uno repudia a su mujer la induce a cometer adulterio». Así, el adulterio o el divorcio no son expresiones de la modernidad o de una libertad más perfecta, sino, muy al contrario, la constatación del fracaso de un amor que no es según Dios y que necesita ser ordenado por la misericordia. Afianza mi corazón en el tuyo, Señor, para que mire, piense, desee y ame con el mismo amor con el que tú me has amado a mí. Una vez que nos mostró el Señor el daño que de ahí se sigue, pasa adelante y encarece la ley, mandándonos cortar y extirpar y arrojar lejos de nosotros lo que nos escandalice. Y eso nos ordena el que mil veces nos ha hablado de su amor! San Juan Crisóstomo

14 de juniosábado María en sábado 17Santa Memoria libre 1ª lectura: 2Cor 5, Nosotros actuamos como enviados de Cristo Salmo: Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso Evangelio Mt 5, En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y Cumplirás tus juramentos al Señor. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. No jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno». Meditación «Habéis oído que se dijo a los antiguos». El Señor continúa hablando a sus discípulos sentado en lo alto del monte. Como quien quita el velo que cubre algo precioso que está escondido, va poco a poco desvelando ante sus ojos la novedad de esa ley que, aunque demasiado exigente en apariencia, manifiesta en los hombres, incorporados a Cristo, la grandeza del Amor de Dios. Una ley que es nueva y que conlleva una nueva justicia, en contraposición a lo que «se dijo a los antiguos». Una ley nueva que, por tanto, han de practicar los hombres nuevos, liberados del pecado y renovados por el sacrificio de la Cruz. Una ley nueva que no viene a abolir lo antiguo, sino a manifestar en ello la plenitud del Amor. Una ley nueva que resplandecerá en la misericordia y la caridad.

15 Esta ley, promulgada por el nuevo Moiséis, que es Jesús, quiere iluminar también todo lo referente al testimonio de la verdad. La antigua ley era tajante en esto y no dejaba resquicio alguno para medianías: «No jurarás en falso y Cumplirás tus juramentos al Señor». El sacratísimo nombre de Dios, revelado a los hombres para introducirles en su intimidad, no podía de ninguna manera convertirse en garante de la mentira ni en fundamento de la falsedad. Así, el perjurio constituía un grave delito, por pretender someter la veracidad de Dios, en un juramento falso, a la mentira de la que el demonio es príncipe, traicionando la bondad divina para el propio beneficio. «Lo que pasa de ahí viene del Maligno». «Pero yo os digo que no juréis en absoluto». Sin embargo, Cristo va más allá. No sólo pide no jurar en falso, sino que exige no jurar en absoluto para no hacer uso de la veracidad de Dios en servicio de la defensa de la propia veracidad. No obstante, este nuevo precepto hunde sus raíces en un terreno mucho más profundo que el de defender la propia verdad desde la verdad de Dios. En efecto, el mismo que dirá en la Última Cena «Yo soy la Verdad» ha venido a redimirnos del pecado y hacernos partícipes su divinidad, convirtiéndonos en templos de Dios por su gracia. Habitando en nosotros, la Verdad misma habita en nosotros, hasta tal punto que las palabras de quien está en comunión con Dios reflejan la veracidad del mismo Dios. No es preciso, por tanto, invocar a Dios como garante de la verdad, pues Él mismo, la Verdad misma, se hace visible en los que ha hecho sus hijos por el Amor. «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no». En definitiva, para los que son incorporados a Cristo por el bautismo y constituídos en templos de Dios, el sí de los labios ha de hacer retumbar externamente el sí escondido y secreto del corazón. Ayúdame, Señor, a comprender que amarte a ti es amar la verdad, amar el Evangelio. Haz de mí un testigo fiel y veraz de tu Amor. Jesús enseña que todo juramento implica una referencia a Dios y que la presencia de Dios y de su verdad debe ser honrada en toda palabra. San Juan Pablo II

16 Qué es Verbum Domini? Verbum Domini es nada más, y nada menos, que el Evangelio de cada día. Como fruto de este año, dedicado especialmente en nuestra diócesis a la Palabra de Dios, queremos ofrecer un medio sencillo para acercar a los jóvenes a la lectura, la oración, la escucha y la contemplación de la Palabra de Dios que cada día se proclama en la Santa Misa. Un sencillo regalo que nos viene de las manos de nuestra Madre, la Virgen María, quien ha dado a luz al Salvador. Ella es quien, en este inicio del año 2017, nos conduce hasta su Hijo, el Verbo que se ha hecho carne y ha puesto su morada entre nosotros. Cómo se usa? Te proponemos que dediques cada día unos minutos a estar a solas con el Señor, No tienes unos minutos para dejarte amar? Puedes seguir estos pasos: - Busca un lugar adecuado para la oración. Si es posible, hazlo en la Iglesia. Si no, procura que sea un sitio donde nada ni nadie te distraiga. - Ponte en presencia del Señor. Para ello puedes hacer alguna oración preparatoria o rezar algún salmo. - Lee una y otra vez el Evangelio del día. Contempla qué hace Jesús, qué dice. Detente en aquellas palabras en las que el Señor te hable y haz silencio para entrar en conversación con Él. Puede venir bien tener cerca un cuaderno donde escribas lo que el Señor te va mostrando. No olvides que Dios habla y está deseeando decirte muchas cosas. - Para ayudarte, te ofrecemos algunos puntos para la meditación. Úsalos sólo si los necesitas, y siempre que no sean un obstáculo para tu oración. - Termina siempre la oración dando gracias al Señor y poniéndote en las manos de María. - Al concluir, puedes rezar la oración que se propone al final de cada día. Cómo está hecho? La portada de Verbum Domini cada semana es una imagen que tiene que ver con el Evangelio del domingo. Junto a la fecha, la celebración litúrgica del día. El color utilizado coincide con el color litúrgico de cada día. Citas bíblicas de las lecturas y el salmo de la Misa EVANGELIO Sugerencias para la meditación Cita de un santo, Papa, Santo Padre o teólogo que comenta el Evangelio. Te puede servir para evangelizar en las redes sociales

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